A fines de los setenta, tres hermanos atravesaban una coyuntura económica adversa. Sin grandes capitales ni infraestructura industrial, decidieron iniciar un proyecto avícola usando lo único de lo que disponían: las ganancias que obtenían vendiendo verduras. Fue así que comenzaron a faenar pollos de manera manual, iniciando operaciones que parecían modestas comparadas con las grandes plantas industriales.

Casi cinco décadas después, aquella iniciativa de subsistencia se consolidó en una estructura empresarial de envergadura. Bonin hoy opera como una avícola con aproximadamente 800 empleados distribuidos en sus diferentes áreas. La compañía ha trascendido las fronteras del mercado local y desarrolló capacidades exportadoras que la posicionan en circuitos comerciales internacionales.

El proceso de crecimiento de la empresa familiar muestra cómo la reinversión de ganancias y la adaptación estratégica permitieron escalar desde una operación artesanal a una industrial. Los hermanos Bonin mantuvieron la dirección de la compañía mientras introducían mejoras en procesos, equipamiento y recursos humanos.

Una de las apuestas actuales de la empresa es el agregado de valor a sus productos. Esta línea de trabajo resulta central para diferenciarse en un mercado competitivo y para mejorar los márgenes de rentabilidad en exportaciones. El agregado de valor constituye una estrategia que muchas empresas agropecuarias argentinas utilizan para potenciar su inserción en mercados globales.

Bonin representa un ejemplo de cómo los emprendimientos familiares pueden crecer y profesionalizarse sin abandonar sus orígenes. La historia de sus hermanos fundadores refleja la capacidad de adaptación y determinación que caracteriza a numerosas iniciativas del sector rural argentino.

Imagen: Juan Villarreal / Pexels – Con informacion de Bichos del Campo

Deja una respuesta

Tendencias